viernes, 21 de diciembre de 2007

Paseo por las Alpujarras Granadinas


Están situadas en la cara Sur de Sierra Nevada, en un emplazamiento espectacular, pues en días de absoluta claridad, desde lo alto pueden verse tanto el mar como el pico más alto de la peninsula.
Mi paseo de fin de semana fue por los tres pueblos que se situan a un lado del Barranco Poqueira, que segun cuentan es donde se aparece el alma de una princesa morisca que encanta a los viajeros, entre otras leyendas de este tipo.
A mí no me encantó precisamente el alma de la princesa en cuestión, sino el pasear por las calles de los pueblos que rodean al barranco: Pampaneira, Bubión y Capileira, donde el tiempo se relaja y se respiran los aires provenientes de las más altas cumbres de Sierra Nevada.

A modo de ejemplo, este es un sendero que baja desde Capileira a Bubión, de unos 2 o 3 Km, de poca dificultad, pero precioso. Estaba todo de color anaranjado, y había muchas castañas por el suelo, le llaman el sendero de los castaños centenarios, y deben serlo a juzgar por lo inmensos que son.



Desde varios lugares, se podían divisar las cimas del Mulhacen y del Veleta, aunque con poca nieve.






Por último, y para acabar de desestresarnos, decidimos hacer una visita al Monasterio Budista de O'Sel Ling, lugar donde, por los años 80 estuvo viviendo el niño alpujarreño Lama Osel. Está al otro lado del barranco, con vistas impresionantes. Un paseo por allí y te quedas impregnada de su espiritualidad, reina la paz y el silencio. Te metes en su Bompa (como una capillita en la religion catolica) a meditar (yo en mi caso, solo intento poner la mente en blanco), y sales renovado. Si váis , no os lo perdáis, es una experiencia que merece la pena.






NOTA: una escapadita de estas cada dos o tres meses como mínimo es más que recomendable

domingo, 16 de diciembre de 2007

Enfermeras. Sin vacuna contra la ira

Articulo aparecido en un periodico de hoy

El tipo, rojo como un tomate y descompuesto después de escupir «hijas de puta» y otras lindezas mezcladas con perdigones de baba, se toma un par de segundos, mira con odio a las enfermeras y se pasa el dedo índice por el cuello. Éstas llaman a seguridad del hospital y acuden un par de vigilantes jurados. El agresor vuelve rabioso a la habitación donde está su hermano ingresado. «Quería que le cambiáramos la cuña, pero estábamos agobiadas con otras tareas más urgentes. Le pedimos que tuviera un poco de paciencia». No era la primera vez que el sujeto insultaba al personal de este hospital madrileño, pero nunca había llegado tan lejos, a las amenazas de muerte. Horas después se oyó una escandalera al final del pasillo. El tipo y su pariente rodaban por el suelo enzarzados en una pelea. Tuvo que acudir la Policía nacional y llevárselo. Una de las enfermeras estuvo varios días de baja a causa de un ataque de nervios.

El caso no tiene la categoría de noticia. Probablemente, ni de chisme de hospital. Como mucho se comentó durante un par de días en la planta y se fue apagando, como un eco. Porque es el pan nuestro de cada día para miles de profesionales españoles de este sector. Según un reciente estudio del Consejo General de Enfermería, un 33 por 100 ha sufrido una agresión física o verbal en los últimos doce meses. En concreto, 2.998 enfermeros fueron atacados físicamente en este periodo. Los responsables han sido los propios pacientes (47,3 por 100 de los casos), sus familiares y acompañantes (49,8) y otros individuos sin identificar (2,9). Las causas más citadas, la frustración de no ver satisfechas sus expectativas de atención sanitaria en cuanto a tiempos y pruebas (41 por 100), el desacuerdo en valoraciones o diagnósticos (27) y la no aceptación por parte del personal de demandas específicas (12).
Recursos y formación
«Hay un problema de fondo importante: la frustrada posibilidad de conseguir un derecho de forma inmediata», señala José Ángel Rodríguez, vicepresidente del Consejo General de Enfermería. «El nivel de exigencia de los usuarios españoles ha subido mucho en los últimos años sin que los recursos hayan mejorado en la misma proporción. De todos modos, eso no justifica las agresiones». La tensión se hace más dramática en el servicio de urgencias, donde se mezclan pacientes con patología banal con otros que sufren «averías» serias. Un panorama clásico en los hospitales de nuestro país. El atasco termina por cabrear a la gente, que pide atención inmediata. «Es preciso montar un buen sistema de información que tranquilice a los pacientes y sus familiares. Cambiar el modelo. Eso requiere invertir en la formación de las enfermeras», continúa Rodríguez. «Al mismo tiempo, mejorar los sistemas de seguridad, con cámaras y efectivos de vigilancia. No es de recibo que haya individuos que quieran fumar en urgencias junto a bombonas de oxígeno y monten una bronca cuando les llamas la atención. Por desgracia, la respuesta de las administraciones es más bien fría. Hasta que no haya una desgracia no se producirá una reacción».
La epidemia del «mobbing»
El psicólogo sueco Heinz Leymann, uno de los grandes gurús del «psicoterror laboral» (hasta su muerte, en 1999, atendió a casi un millar de víctimas), realizó el siguiente diagnóstico: «En las sociedades de nuestro mundo occidental altamente industrializado, el lugar de trabajo constituye el último campo de batalla en el que una persona puede matar a otra sin ningún riesgo de llegar a ser procesada en un tribunal». A las agresiones al personal sanitario hay que añadir una lacra que ha adquirido la categoría de epidemia: el «mobbing». Hace un lustro, el informe Cisneros III, realizado por la Universidad de Alcalá de Henares y el Sindicato de Enfermería (SATSE), revelaba que una de cada tres enfermeras era víctima de acoso; el 80 por 100 decía padecer problemas físicos por este motivo, y un 32 por 100 refería secuelas graves o muy graves para su salud. El caos organizativo, el peso específico que tienen las mujeres en esta profesión (con una proporción de 9 a 1 con respecto a los hombres que, por cierto, también están en la línea de fuego) y la dependencia jerárquica múltiple son factores que explican el hostigamiento.
«Las cosas están igual, o peor», reconoce Iñaki Piñuel, autor de «Mobbing. Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo» (Sal Terrae) y director de los informes Cisneros. «Un sanitario atenazado por el miedo no funciona bien, su cerebro sufre un cortocircuito, una «indefensión aprendida»: se sabe a merced de cualquiera y su sistema nervioso está siempre en alerta». Al contrario de lo que pudiera parecer, el «mobbing» no lo sufren los mediocres, sino los brillantes. «Los psicópatas organizacionales van a por los que no son sumisos, los librepensadores, los solidarios, los carismáticos. Las enfermeras, al desarrollar una labor asistencial y humanitaria, tienen una actitud conciliadora; no desarrollan barreras. Son víctimas perfectas. El hostigador se las arregla para enconar a todos contra uno: a ése envidiamos, a ése odiamos», añade Piñuel. A veces jefes, habitualmente compañeros, siempre manipuladores que actúan en la sombra, estos individuos sin escrúpulos ningunean, aíslan, asignan misiones sin sentido, cargan de trabajo (o todo lo contrario), gritan, insultan, se mofan... para tapar sus propias deficiencias.
Iñaki Guerrero, psicólogo especializado en «mobbing», habla de una terrible espiral: «Las víctimas creen que nadie es perfecto, buscan las razones de sus fallos, aumenta la ansiedad, disminuye el rendimiento, cometen más errores... Lo esencial para escapar es creer, primero, que ellas no tienen la culpa; después deben controlar las emociones, evitar las reacciones violentas e intentar trasladar la inseguridad al acosador».
Protocolo anti violencia
Hasta aquí, el rearme moral. ¿Y qué hay de la extirpación del tumor? «Las organizaciones tienen que implementar protocolos anti violencia partiendo del principio de tolerancia cero. Es la única forma de acabar con la impunidad de los acosadores», propone Piñuel. «Allí donde se imponen medidas de sanción a los culpables -incluyendo los cómplices y testigos silenciosos- y de protección a las víctimas, los casos caen a cero, porque los malos podrán ser muy malos, pero no son tontos». La Ley de Igualdad de Género aprobada en marzo obliga a estos protocolos. Además, el Gobierno maneja un borrador de la reforma del Código Penal para tipificar el delito de acoso psicológico en el trabajo, que incluye penas de cárcel y de inhabilitación profesional. Pero falta pasar del papel a la decisión.
Entretanto, detrás de la inicial M se esconde una tragedia real: «Trabajaba en un organismo público. A causa del brutal acoso sufrido a manos de mis compañeros tuve varios accidentes laborales y fui expulsada. No hubo evaluación de riesgo: simplemente fui considerada una persona inestable, casi una lunática. Ahora estoy en tratamiento psicológico por estrés postraumático y he puesto una demanda a la empresa: quiero reivindicarme como profesional. Quiero recuperar mi empleo. Lo hago por mí y por otros estigmatizados que eran los mejores, los más trabajadores».


POR MIGUEL ÁNGEL BARROSO



A mi entender, creo que cada vez más se van denunciando situaciones de este tipo, nosotros mismos vamos tomando conciencia de que esto ocurre, nos vamos despertando del "esto hay qe aguantarlo, pues son cosas que siempre han pasado". Esto es bueno, debemos darnos cuenta de que estas cosas que vemos que ocurren a nuestro alrededor, nos pueden ocurrir más cerca de lo que desearamos, por ello hay que protocolizar actuaciones e investigar para realizar acciones de prevencion de la agresividad, tanto por parte de personas externas como por parte de compañeros, gestores, etc , tal y como se menciona en el articulo.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Error sanitario

¿Que hay de verdad en todo esto? ¿Que hay de leyenda? ¿Podemos mejorar nuestras actuaciones dentro de las circunstancias que nos rodean?

Tu opinión importa




El 'error' sanitario, una de las principales vías de transmisión del virus de la hepatitis C Es una realidad ante la que no hay que taparse los ojos. Lo dicen los expertos que han constatado que ingresar en un hospital representa un riesgo claro de contraer este patógeno. La presión asistencial y el descuido en el cumplimiento de las normas de higiene están en la raíz de la mayoría de los contagios
ISABEL PERANCHO

El hospital no es un entorno saludable; es algo conocido. Y también que una visita a este tipo de recintos puede dejar de recuerdo un nuevo patógeno, sobre todo bacterias, en el organismo. Pero a muchos lectores les sorprenderá saber que el riesgo de contraer un virus como el que causa la hepatitis C (VHC) en el medio sanitario es más elevado de lo que se presupone, como acaba de demostrar una investigación realizada en 18 centros hospitalarios de Barcelona, Granada y Valencia. Tras rastrear el origen de 109 nuevos casos de infección por el VHC, acaecidos entre los años 1998 y 2005, la conclusión fue que la fuente del contagio del 73% de ellos estuvo en una intervención quirúrgica, un acto médico urgente, terapias como la hemodiálisis o en procedimientos diagnósticos o terapéuticos.

El departamento de Salud de la Generalitat de Cataluña dió la pasada semana por cerrada la investigación que se inició en marzo en el Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona tras detectarse un brote de infección por el virus C de la hepatitis en una unidad de hemodiálisis infantil. Tres niños de edades comprendidas entre los tres y los 12 años contrajeron el patógeno, que causa una infección crónica en más del 70% de los casos e incrementa el riesgo de desarrollar una cirrosis hepática con los años.

Otros 18 menores tratados en el mismo recinto, en el que anualmente se llevan a cabo 1.800 sesiones de diálisis en cinco máquinas, fueron sometidos a análisis para rastrear la presencia del patógeno con resultado negativo. Se sabe que el origen de la infección fue otro niño portador del virus que se trataba en el mismo centro.

La pregunta de cómo un agente que sólo se transmite por vía sanguínea, sexual o vertical (de madre a hijo en el parto) pudo vencer las estrictas medidas de seguridad que se siguen en este tipo de dispositivos para evitar contagios y logró saltar a otros pacientes sanos ha quedado sin respuesta. «Un error involuntario pero desconocido», declaró al referirse al caso la consejera de Salud, Marina Geli.

¿Desconocido? En los últimos 15 casos, las revistas médicas han publicado más de 600 referencias sobre episodios de contagio intrahospitalario del virus de la hepatitis C a nivel mundial. Casi todos atribuibles, como el de Barcelona, a violaciones involuntarias de los protocolos de seguridad que deben regir las actuaciones sanitarias.

«¿Cuántos artículos más de este tipo necesitamos para reconocer nuestro fallo a la hora de cumplir los principios fundamentales de asepsia?», se pregunta Miriam Alter, antigua responsable de hepatitis víricas del Centro de Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) de EEUU, en el editorial que comenta esta semana la publicación del estudio español sobre el contagio de virus C en 18 hospitales nacionales. «Es nuestra responsabilidad garantizar que la asistencia sanitaria no es un vehículo para la transmisión del VHC u otros patógenos infecciosos», afirma rotunda.

Pero los expertos aseguran que el riesgo cero no existe. «Es algo inevitable», observa Miquel Bruguera, hepatólogo del Hospital Clínic de Barcelona y presidente del Colegio Oficial de Médicos de esta ciudad. Cada día se realizan en los centros sanitarios miles y miles de actos médicos que representan una potencial amenaza para la salud de los pacientes ingresados: cirugías, procedimientos diagnósticos y terapéuticos invasivos, inoculaciones parenterales, uso de instrumentos potencialmente contaminados, enfermeras con guantes manchados de sangre que se descuidan al desecharlos... «En el ambiente sanitario es más fácil la transmisión de virus porque hay más personas infectadas que en la calle», advierte.

Sabe lo que dice, el equipo de Hepatología que Bruguera dirige en el Clínic lideró la investigación, publicada el lunes en 'The Journal of Hepatology', que constata que estos accidentes se producen con una frecuencia mayor de la esperada. Dos de cada tres nuevos casos de infección aguda registrados en los servicios de Hepatología de 15 hospitales de Barcelona, dos de Valencia y uno de Granada durante un periodo de ocho años eran atribuibles a contagios nosocomiales (intrahospital).

Después de descartar otras posibles vías de adquisición, como la sexual, haber sido transfundido o usuario de drogas por vía intravenosa o haber sufrido un pinchazo accidental con una aguja contaminada, la única razón plausible para explicar la presencia del virus en 73 de los 109 pacientes infectados investigados (es decir, del 67%) fue que habían tenido algún ingreso hospitalario en los meses previos.

De hecho, la transmisión sanitaria fue, con creces, la principal fuente de contagio entre las personas que acudían a consultar al especialista. «Eso no significa que sea la primera vía en la población general, ya que muchos no visitan al médico durante años», matiza Xavier Forns, especialista senior de Hepatología del Clínic.


ALERTA
Este profesional lanza una advertencia a sus colegas sanitarios: «es una realidad ante la que no hay que taparse los ojos». Dos años antes, Forns firmaba otro artículo en la revista 'Hepatology' que ya alertaba sobre la necesidad de extremar sus precauciones frente al virus C. En esta ocasión, se siguió durante dos años a más de un millar de pacientes ingresados por dolencias hepáticas en el centro catalán . Una de las causas habituales de daño en este órgano es precisamente el microorganismo, por lo que la prevalencia de infectados en estas unidades alcanza el 50%.

Pues bien, enfermos portadores del VHC y pacientes 'vírgenes' al patógeno compartían habitación y les atendía el mismo equipo de enfermería. Éste había sido avisado de la investigación, así que el personal sabía que debía extremar la cautela. A pesar de ello, seis personas se infectaron.

Los análisis genéticos del virus permitieron deducir que la fuente del contagio había sido un compañero de habitación portador del virus o el hecho de compartir enfermera con un seropositivo. Pero ¿cómo ocurrió la transmisión?

El motivo último, cuándo y por qué mecanismo se produjo el descuido, no pudo ser claramente despejado, pero se detectaron algunas violaciones en los procedimientos de seguridad del centro: fallos al cambiar de guantes o lavarse las manos antes de atender a otro paciente, errores al desechar la punta de catéteres intravenosos y al esterilizar torniquetes tras una analítica sanguínea. Se comprobó, también, que algún paciente podía haber compartido utensilios de higiene personal, como maquinillas de afeitar o cepillos de dientes, inadvertidamente.

Si la tasa de infecciones registrada en este estudio se extrapolara al total de ingresos en el citado servicio, la cifra de contagios potenciales sería de 12 casos por cada cien pacientes admitidos cada año.

Los autores identificaron una serie de factores que incrementan el riesgo de contagio en estas unidades: «Aumenta cuanto mayor es la estancia en el hospital, si el compañero es VHC positivo y es más frecuente en los que se someten a mayor número de procedimientos invasivos», destaca Forns.

El trabajo concluyó con la recomendación de aislar físicamente a los portadores del VHC y disuadir al personal de enfermería de atender simultáneamente a pacientes seropositivos y seronegativos.

Son algunas de las precauciones que ido adoptando paulatinamente las unidades de hemodiálisis españolas, una de las áreas hospitalarias, junto con oncología y hematología, de mayor riesgo de adquisición del virus de la hepatitis C, en este caso por la manipulación continua de la sangre.

Sin embargo, el cumplimiento de estas recomendaciones no es generalizado. A diferencia de los infectados por otro virus de la hepatitis, el B, que son considerados mucho más infectivos y se tratan de forma aislada, los portadores del C no siempre reciben una atención diferenciada. «En función de los recursos de cada centro, unos los separan por salas, por turnos [los pacientes VHC positivos no coinciden en horario con los negativos] o distribuyéndolos en lados distintos en el mismo recinto», indica Antonio Ochando, enfermero de hemodiálisis colaborador de la Fundación Renal Alcer.

La presencia del virus C en los pacientes sometidos a hemodiálisis se chequea periódicamente. Para ello se realizan controles analíticos con distinta periodicidad (mensual, trimestral o semestral, según el centro). «Una elevación de las transaminasas [enzimas hepáticas] nos debe poner en alerta y extremar las precauciones», explica Guillermina Barril, nefrólogo del Hospital de La Princesa de Madrid.

Sin embargo, la confirmación de un posible contagio no siempre se produce con la celeridad deseada: pueden transcurrir varios días o semanas, hasta obtener los resultados virológicos. Otra circunstancia que impide identificar una nueva infección con prontitud es que ésta puede manifestarse en el periodo entre dos controles analíticos. Este factor explica también por qué es tan complejo rastrear 'a posteriori' cómo se produjo la contaminación.


ESTRÉS ASISTENCIAL
Lo cierto es que la tasa de infección entre los enfermos renales con terapia sustitutiva siempre ha sido muy superior a la de la población general. Mientras en los últimos no llega al 3% en los primeros rondaba el 10% en 2005, según la información que recaban desde 1991 más de un centenar de hospitales españoles que participan en un estudio de vigilancia epidemiológica sobre el VHC en hemodiálisis. Las cosas han mejorado mucho en los últimos años, afirma Barril,coordinadora del trabajo: «En 1991, el 36% de los pacientes en hemodiálisis era seropositivo».

No obstante, todavía entre un 8% y un 11% de los enfermos que inicia tratamiento llega con el virus en su organismo. A pesar de los controles, el riesgo es inevitable. «La tasa de nuevos contagios es de un 0,1%», señala Barril.

Para contrarrestarlo, los expertos abogan por no bajar la guardia en el cumplimiento de las medidas de seguridad. «El personal suele ser muy sensible y muy prudente, pero a veces es difícil mantener la alerta cuando hay muchas rotaciones de personal y gente nueva», considera Ochando. «En situaciones de mucha presión y estrés asistencial, el peligro aumenta», asiente Barril. Por eso, como apostilla Forns, «hay que insistir y recordar constantemente la observancia extrema de los protocolos».



Vías de contagio en el hospital



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Una infección tratable al cumplir seis años

La prevalencia de la infección por el virus de la hepatitis C en niños es menos de la mitad que en la población adulta. «Es baja, ronda el 1% y en el 90% de los casos la transmisión se produce de madre a hijo, en el momento del parto», señala Paloma Jara, jefe del servicio de Hepatología del Hospital Infantil La Paz de Madrid. La incidencia de contagios de origen desconocido en población pediátrica no supera el 4%. A nivel general, el riesgo de transmitir el patógeno durante el alumbramiento es del 5% al 7%. La infección aguda no da síntomas en el bebé y la única señal de su presencia puede ser unas cifras elevadas de enzimas hepáticas (transaminasas).
«Durante la infancia, es benigna y los niños están clínicamente bien, pero hasta que no cumplen tres años no podemos hacer nada más que esperar, ya que a esa edad el virus se negativiza de forma espontánea en un 30% de los casos», dice la hepatóloga. Al igual que en los adultos, la infección se hace crónica en el 70% restante, sin embargo, en los menores el tratamiento antiviral se demora hasta que cumplen seis o siete años para evitar efectos adversos. «En función del genotipo del virus responde entre el 50% [tipo1] y el 100% [2 y 3]», añade. El riesgo de desarrollar una cirrosis con el tiempo es la principal complicación cuando los fármacos fallan, aunque la evolución es desigual. «Unos tardan más que otros. Tras 28 años algunos siguen bien», asegura Jara.



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LOS ESCONDITES DEL VHC

El análisis de los casos de infección intrahospitalaria del virus C ocurridos a nivel mundial en los últimos años dan cuenta de qué tipo de áreas y de actividades médicas representan un mayor riesgo para los pacientes:
Inyecciones terapéuticas inseguras: Es la principal fuente de transmisión nosocomial de este patógeno. Hay distintas situaciones en las que el uso inadecuado de jeringuillas puede plantear problemas: utilizar viales multidosis de los que se extrae medicación para varios pacientes consecutivos o bolsas de suero en los que se reinsertan agujas; usar la misma jeringa para administrar fármacos intravenosos a varios pacientes o dispositivos para medir con un pinchazo en el dedo el nivel de glucosa de varios enfermos...

Tipos de procedimientos: Se han notificado casos por el uso de técnicas endoscópicas, colonoscopia, escleroterapia de venas varicosas, estudios de farmacocinética y varios errores en procedimientos quirúrgicos y de anestesia.
Higiene: Más que al tratamiento o la cirugía en sí, muchos contagios se deben a fallos en la asepsia al preparar o administrar inyecciones a partir de viales multidosis.
Zonas de riesgo: Las salas de hemodiálisis figuran en lugar preferente, pero hay otras como oncología y hematología, el área quirúrgica, sala de urgencias, cardiología y digestivo.


Noticia publicada por EL MUNDO el 15/12/2007

viernes, 14 de diciembre de 2007

martes, 11 de diciembre de 2007

Alarma social











Hace unos días, hemos estado recibiendo noticias de un Hospital en el cual ha habido un contagio de Hepatitis C en una sala de hemodialisis. No doy más datos, pues es del dominio publico por los medios de comunicación.
Se ha creado una gran alarma social.
Se asumen riesgos, los del famoso "error humano" para unos, los "riesgos que conlleva el tratamiento", para otros; pasando por "falta de personal", "fallo en los protocolos", y miles de sugerencias de este estilo.
Llevo leyendo sobre el tema casi todo lo que está saliendo y NADIE ha mencionado "accion correctora".
No se sabe la causa exacta , se utiliza el termino "multicausal", pero yo me hago la siguiente pregunta: ¿podría haberse evitado? .
Creo que cada uno de nosotros, los que trabajamos en esto, somos responsables de nuestras actuaciones, por lo que debemos poner todo nuestro empeño en realizarlas lo mejor posible con los medios de que disponemos. Si no disponemos de medios, o los que tenemos no nos parecen los adecuados, o los protocolos de nuestra unidad no se ajustan a los establecidos, ya sea por obsoletos, no actualizados, o cualquier causa, es nuestra responsabilidad comunicarlo y si procede, efectuar una accion correctora para mejorar nuestras actuaciones. ESTA SÍ ES NUESTRA RESPONSABILIDAD, NOS GUSTE O NO. De nada sirve lavarnos las manos alegando que "siempre se ha hecho así, sabiendo que no está bien hecho, y cuando digo bien digo perfecto dentro de nuestras posibilidades.
Esta noticia me ha afectado , como podréis comprobar, y me ha hecho reflexionar en que tenemos que seguir mejorando nuestra manera de trabajar, seguir difundiendo nuestros conocimientos, es nuestra obligacion el no quedarnos atrás , pues nuestra profesion es demasiado hermosa para realizarla de manera banal.









miércoles, 5 de diciembre de 2007

Regala una sonrisa

Hoy en dia estamos todos ocupados, cabreados, con prisas y a lo nuestro. Poco a poco vamos perdiendo la capacidad de divertirnos, de disfrutar con las cosas sencillas y sólo nos ocupamos en consumir, en tener más que el otro,en vivir en tal o cual sitio, etc. Esto se refleja a la hora de trabajar. A veces, no ponemos todo nuestro empeño en lo que haccemos, lo hacemos para quitar tareas de enmedio sin pensar en la utilidad de lo que realizamos, ni que a menudo en nuestra profesion las tareas van dirigidas directamente a los pacientes.
Cada vez más, en los manuales de estilo y similares, se pide sonreir. Sí, sonreir, qué cosa más simple, pero que efectiva.
Es un tópico, pero ahora que llega la Navidad (personalmente soy de la opinión de que no hace falta que sea Navidad para hacer ciertas cosas, pero utilizaré este viejo truco), aprovechemos todos para regalar sonrisas a diestro y siniestro , pues a veces hacen mucho más efectos a todos que los lexatines, trankimazines, Tranxiliums, y demás drogas de este tipo.

domingo, 2 de diciembre de 2007

UNA TONTERIA PARA DISTRACCION DEL PERSONAL

A ver quien es capaz de ganarle a este buen hombre.... porque yo no.

Para los que no sepan ni papa de inglés; reglas
hay que ir eliminando bolitas de la mano de este buen hombre , solo se pueden eliminar cada turno bolas de una sola fila. Pierde el que se quede con la ultima bolita y gana pues.. este buen hombre siempre. ( o casi siempre).

Pearls Before Swine (1ª Parte)
Elimina las bolitas que tiene en la mano, el que se quede con la última bola pierde